miércoles, 17 de febrero de 2016

COLABORACIÓN DE VICENTE FABADO "EL RETORET", A SU AMIGO JESÚS "EL AMERICA". en el libro de fiestas de1989.


     
     CARTA ABIERTA A UN AMIGO.







Amigo Jesús:

 Tal vez te sorprenda un poco el que te dedique estas líneas, puesto que nuestro contacto a través de los años de tu ausencia, siempre fue por medio de tu extensa correspondencia con nuestro común amigo Vicente. Como bien sabes, me cuesta mucho escribir, pero hoy me he decidido por que hace unos días, cuando me dirigía al Café de la Plaza, presencié una cosa que cuando vengas podrás comprobar pero no, ya, ver.
 El hecho es que vi una máquina de panza y ruedas gordas, —como las que fabricáis en tu ex-factoría— que, estirando su largo cuello y mostrando sus dientes, daba bandazos en todas direcciones destruyendo todo cuanto se ponía a su alcance. Pronto redujo a un montón de escombros casi toda la manzana, entre las calles de Sta. Teresa y San Vicente. Unos días después, las casas de la esquina de la calle Mtro. Soler con la Plaza del Pueblo, también desaparecían en unas horas. Esto, junto a la reforma que están haciendo en la plaza, da la sensación de que ha habido algún movimiento sísmico. , que, como tú sabes, he nacido y vivido siempre en esta zona, siento cierta nostalgia... como la que tú sentiste cuando desaparecieron las Cuevas donde naciste.
 Mi mente, sin querer, se transformó y creí ver en aquella máquina, como un GRAN DINOSAURIO “ANTEDILUVIANO”, que, a su paso, destruía sin miramientos cuanto alcanzaba.



 Me daba pena ver con qué facilidad se destruye lo que tanto cuesta de hacer. Tuve cierta añoranza al ver desparecer la última caseta de puesto fijo de aquel mercado coquetón y familiar de nuestra infancia. Hasta no encontraba los gorriones que, año tras año, anidaban en las viejas casas s en los árboles de la plaza. Pero sólo fue un momento, enseguida vi la realidad; esto, es normal que ocurra, y puede que hasta necesario Pensé en la futura, nueva y hermosa plaza, modernos edificios y hasta en los gorriones que sabrán encontrar sitio para anidar.
Puede  que alguien piense que estas pequeñas cosas carecen de interés y menos para tí, después de tantos años viviendo en California, en otro ambiente, en otra cultura.
Se equivocan, sé que a pesar del tiempo transcurrido y bajo tu apariencia externa de progreso humorístico Biberomano (peña biberón), hay un fondo sentimental nato. Por otra parte, no sé si sabrás —porque esto no lo vives— que muchas de estas nuevas generaciones se interesan por conocer datos del pasado de nuestra villa, detalles de cómo se desenvolvían sin los adelantos técnicos que hoy tenemos a la mano en nuestros hogares. Para nosotros, que ya pasamos de los setenta, la cosa es muy sencilla, sólo tenemos que recordar... y no descubrimos nada nuevo. Para los que no lo han vivido, ciertas cosas les resultan al menos curiosas.
Te digo esto, porque hace unos meses tuve una conversación con dos jóvenes, que entre otras cosas me pedían, datos de la economía familiar de Paterna de hace medio siglo.
Me pusieron en un aprieto, porque el tema es muy amplio, con muchos matices y porque hay que mentalizarse en otra época en que se veían y hacían las cosas de manera algo distinta. Tú, que tienes la memoria más sana que la mía —aunque con los mismos años—, quiero que... perdón, ¿te he preguntado cómo éstas? Yo bien gracias. Qué tal los deportes?... Quiero que me digas si estoy acertado en mis superficiales apreciaciones con estos jóvenes.
En mi modesta opinión —les comentaba a los chicos—, una de las facetas que podrían influir en la economía familiar, era el gran sentido que tenían del ahorro, del aprovechamiento. El que podía, aunque le costara algún pequeño sacrificio, se guardaba algún duro por si venía algún mal momento. Como no habían Bancos ni Cajas de Ahorros, lo hacia donde le parecía tenerlo más seguro, en un cajón, en una tinaja, en un calcetín, debajo del colchón... etc. Entonces no se hablaba de miles sino de duros, que eran las monedas de cinco pesetas.


Era tal la obsesión por el ahorro, que había quien vivía precariamente pudiéndolo hacer mejor. Detrás de las puertas de las casas, solían dejar monedas de uno y de dos céntimos para dárselas a algún pobre, porque entonces, los céntimos tenían importancia. Las mujeres, en sus compras ordinarias en el mercado, miraban mucho el poder ahorrar cinco céntimos en una mercancía de igual calidad. Por ejemplo, si las sardinas se vendían a 10 céntimos la unidad y tres 25 céntimos, compraban las tres y se ahorraban los cinco céntimos. ¿Te acuerdas de aquellas tiendas en que todo era a 0,95? O sea, a una peseta menos cinco céntimos. De aquellas paraditas de chucherías comestibles que con cinco o diez céntimos, llenaban un cubilete redondo de madera para medir la cantidad y te llenaban el bolsillo de cacahuetes?, Siguiendo con el tema, les comentaba a los jóvenes que a mi parecer, la mujer ya tenía una gran importancia en el seno de la familia, como esposa y madre —que no entro en este tema—, y también como contribuyente en la economía del hogar. Una inmensa mayoría tenían máquina de coser y confeccionaban muchas de las prendas de vestir, teniendo a mucho orgullo confeccionar y bordar sus propias dotes. Cuando las prendas se desgastaban por el uso, las remendaban o parcheaban aprovechándolas al máximo, después las empleaban como trapos de limpieza y finalmente las vendían al trapero para su reciclaje.

Normalmente, con sus largas agujas confeccionaban bufandas, calcetines, tocas, jerséis... etc. Con los ganchillos, puntillas, sobremesas, cubrecamas... etc. y hasta muchas manejaban los bolillos haciendo encajes.
Me acuerdo en este momento, que cuando alguna madre quería comprar algún conjunto para su hijo, bien para la primera comunión o para vestirlo en algún acontecimiento, como en Paterna no había tiendas de ropa confeccionada, se desplazaban a Valencia a la calle de la Bolsería, donde existían varios establecimientos de esta especialidad, allí la madre explicaba al dependiente lo que quería y éste preguntaba los años del chico, entonces el del mostrador le gritaba al de dentro: “Pepe, sácame el 36 del modelo tal..”, o sea que el dependiente sabía la talla por la edad y casi siempre acertaba. Se lo probaban y si había que hacer algún pequeño retoque en casa se lo ajustaban. En más de una ocasión no ha hecho falta la presencia del chico, sólo que la madre tenía que informar del desarrollo del chico.
 Te acuerdas de cuando te compraron los primeros zapatos?, Porque entonces el calzado normal era la alpargata y en ellas empezamos a practicar nuestro deporte favorito, el fútbol. Yo los primeros que tuve, se los regaló a mi madre un señor porque le estaban pequeños, a mí me sentaron bien y me duraron muchos años, porque no me los ponla y por las veces que los llegaba a reparar mi madre. También los útiles o utensilios de uso corriente se reparaban: sillas, escobas, cuchillos, paraguas, lebrillos, hornillos, paellas... etc. Se aprovechaban hasta las cortezas de almendras, nueces, naranjas... como combustible. Tenían una mentalidad natural y práctica de aprovecharlo todo al máximo. ¿Recuerdas los utensilios de cocina de nuestras madres?, Las cazuelas y pucheros de diferentes tamaños, todos eran de barro, sólo las paellas eran de plancha hechas a martillo, no a troquel. Guisaban con carbón y hay que ver con qué destreza, habilidad y gusto preparaban diferentes guisos, pero sí recordarte uno muy popular, el arroz al horno, que vulgarmente le llamaban «arros pasejat», porque las mujeres llevaban la cazuela con todo preparado, desde su domicilio hasta el horno.
En los hornos, cuando acababan con la cocción del pan, se dedicaban a lo que les traían las mujeres, cazuelas de arroces y carnes, y bandejas de hojalata cuadradas con cacahuetes, boniatos, patatas, cebollas, calabazas... etc. Esto, junto a alguna fritura que guardaban con aceite, y las confituras de tomate, frutas... servían como complemento para cualquier comida.
Hablando de comida, me viene a la memoria aquel hecho anecdótico, de principio de nuestra guerra civil,  allá por el 36, cuando nos estaban preparando para trasladarnos al frente. Un día nos dieron para comer garbanzos y a nosotros, que estábamos acostumbrados a las comidas caseras de nuestras madres, no nos pareció correcto. En nuestra protesta llegamos a tirar los platos por el suelo, hasta que sallo el comandante y nos dijo: «Ya os acordaréis de estos garbanzos». Qué razón tenía, ¿te acuerdas? Yo no quiero acordarme.
Por supuesto, esto no entró en la conversación con los chicos, a ellos les seguí diciendo: En casi todas las viviendas, se criaban animales para el consumo propio como gallinas, conejos, patos, pavo, palomos... etc. Cuando lo creían necesario, sacrificaban uno y si no lo consumían todo, lo restante lo guardaban en la carnera -entonces no había neveras-. Si se trataba de un conejo, la piel la pegaban a la pared y una vez seca la cambiaban al pellejero por agujas de coser, cajas de cerillas... etc. Si se trataba de un ave, las Plumas más finas las empleaban en el relleno de almohadas.
Todos los que disponían de un pequeño compartimento, en muchos casos, lo dedicaban a la crianza de cerdos o al menos uno para el engorde y también algún cordero o cabra.
Les decía también, que todas estas cosas que estamos comentando y que a ellos les parecen curiosas, no tienen nada de extraordinario porque no ocurría sólo en Paterna, sino en todos los pueblos de sus mismas características.
 Si hay que buscar alguna distinción local tendríamos que profundizar un poco en la forma de hacer las cosas en el detalle. Por otra parte, podría tener alguna relación con la vida económica familiar, el hecho de que en la Villa predominara la agricultura, autoabasteciéndose de muchos artículos de primera necesidad como pan, frutas, hortaliza, vino, leche, aceite... etc. También comenté con los jóvenes sobre el dinero, que entonces no había tanto, pero valía más, que no se hablaba de economía sumergida, dinero negro, inflación... y de otras cosas que no vienen al caso. Lo cierto es que quedaron contentos y agradecidos.
Luego yo, pensándolo un poco, no me sentí satisfecho por si, con los razonamientos que les di, no me comprendieron. Espero que con más calma me digas tu opinión, me explico.
Pienso que no les di a entender claramente el valor, el sabor, la satisfacción que se siente, cuando las cosas las hace uno mismo y para los suyos, con sus propias manos y sin adelantos técnicos, sabiendo lo que hay dentro, sin aditivos, sustitutivos, enmascaramientos...etc. Sólo con lo verdadero, lo real, lo auténtico. Sí, ya sé que esto lleva consigo algún sacrificio, pero sospecho que precisamente ahí, creo que hay alguna diferencia entre aquella época y ésta.

¿Recuerdas aquello que nos enseñaron de pequeños? Todo lo que vale cuesta y lo mejor no es lo más bonito.

En espera de poder darte un abrazo personalmente en las próximas fiestas, recibe mi cordial saludo.


Junio de 1989
 V. FABADO V. «El Retoret"