miércoles, 18 de febrero de 2015

I SI PLOREN, PLOREM...


Desgraciadamente asistimos a entierros de familiares, amigos, conocidos, y vamos en señal de duelo, pero normalmente cumplimos unas leyes que adquirimos como costumbres de cada población, Alejandro Llavata Lleonart, en el libro de fiestas del año 1999, nos hacia historia sobre el tema.



l SI PLOREN, PLOREM. 

SI NO PLOREN, PUES NO PLOREM

(Traducción: Si lloran, lloramos. Si no lloran, pues no lloramos).






       Desde siempre se nos ha inculcado eso de que las personas nacen, crecen, se reproducen y mueren. Y es curioso que para dar cada uno de estos pasos en la vida, siempre lo hacemos acompañados de los demás. Nacemos solos, morimos solos; pero en ese paréntesis que existe entre el nacer y el morir siempre estamos acompañados por alguien que con nosotros se alegra o se entristece, según las circunstancias.

Y de ese «mueren» hablaremos en estas páginas. Porque en la vida colectiva de los pueblos existe una «cultura de la vida», que se manifiesta en las fiestas, en la gastronomía, en el arte y en todo aquello que exalta su existencia como pueblo diferenciado de los de su entorno. Pero a su vez sobrevive una «cultura de la muerte», enraizada en una serie de actos que de forma tradicional se repiten cada vez que fallece una persona. Éstos se manifiestan sobre un punto de vista cívico en la denominada despedida del duelo y desde un punto de vista religioso en el rezo de una serie de oraciones como son el Rosario o los responsos (estos últimos también denominados en valenciano gorígoris).

En Paterna esta cultura de la muerte, hasta el año 1962 se desarrollaba de la siguiente manera: Fallecida una persona, eran las mujeres de la casa las que se encargaban de preparar el difunto para su posterior exposición y vela. Tal vez por eso mismo, quizá no era -o sí lo era- casualidad que quienes se dedicaban profesionalmente a este menester en nuestro pueblo, también fueran mujeres. Una la tía Margarita la de Fuensanta. La otra la tia Amparo Devís, viuda de Amán. Esta última, partícipe de una larga dinastía de funerarios: Amán Moreno Brisa, Juan Moreno Devís y Amán Moreno LLabata, cónyuge, hijo y nieto respectivamente, que han ido sucediéndose como titulares en la por todas conocida Funeraria Moreno.

La exposición y el velatorio se desarrollaban en la habitación donde tantas noches había dormido el difunto, que se acondicionaba para la circunstancia, y se llevaba a cabo con el debido respeto a su persona. El velatorio duraba toda la noche y el tema de conversación predominante solía ser sus aventuras en vida, en las que normalmente se ensalzaba y alababa su figura.

Una hora antes del entierro se rezaba el Rosario en la casa del difunto. Eran especialmente las mujeres quienes participaban en este rezo. Si hay alguna a quien tuviéramos que destacar por su participación en este evento de una forma constante y activa, sin duda alguna seria en primer lugar a Petra” la resaora”, que era quien se encargaba de dirigir el rezo del Rosario. Y en segundo lugar a dos mujeres: Una era la tía Mercedes”laEstanquera” y la otra la tía Remedios” la Garibalda”, que siempre que se enteraban del fallecimiento de alguien, cogían catre e iban a su casa, fuese quien fuese, y de la condición social que fuese. «Anem a casa del difunt, y si ploren, plorem. Si no ploren, pues no plorem», solían decir a quien se encontraban de camino, con ese casticismo propio de las gentes de l 'Horta.

Los hombres, mientras tanto, aguardaban en la puerta de la casa del difunto la llegada de los sacerdotes para su traslado hasta la Iglesia. Éste se llevo a cabo en un principio a hombros. Posteriormente en carroza de caballos, guiada por palafraneros y tirada por uno, dos o tres caballos, según el portento económico del finado (1). Más tarde ya, en coche fúnebre. Y siempre organizados en comitiva fúnebre, encabezada por la Cruz alzada acompañada por los candeleros. A continuación, los sacerdotes celebrantes. Detrás del ataúd. A éste le seguían sus familiares y amigos.

No solían participar las mujeres en esta comitiva, sino cuando la fallecida pertenecía a alguna cofradía. En este caso, las demás cofrades la acompañaban formando dos filas indias organizadas delante del ataúd.

Cuando el fallecido era un albaet, es decir, un recién nacido, en este caso era portado por niños o niñas -según el sexo del albaet- vestidos de primera comunión a los que se les obsequiaba después con un paquete de caramelos.

Ya en la Iglesia se rezaban els gorigoris de acuerdo con lo establecido en el Ritual de exequias y teniendo en cuenta la época del año litúrgico en que se encontraban. La Misa exequial no se celebraba en ese momento, sino a la semana del entierro.

Estos actos litúrgicos a los que aquí estamos haciendo referencia no se realizaban cuando el fallecido se hubiese suicidado o cuando no estuviese casado por la Iglesia, o cuando practicase la religión Protestante. En estos casos la comitiva fúnebre se trasladaba directamente desde la casa del difunto hasta el lugar donde se despedía el duelo, también denominado el descans, y del que hablaremos posteriormente.

Existían diversas clases de entierros, de acuerdo con el número de sacerdotes que lo celebraban: General, que era el celebrado por cinco capas,(2) o sacerdotes. De Primera era el celebrado por tres capas. De Segunda era el celebrado por dos capas. De Tercera, o también denominado Per l'amor de Déu, era el celebrado por un solo sacerdote. Y ello de acuerdo con la capacidad económica del difunto para sufragar la asistencia de un mayor o menor número de capas o sacerdotes celebrantes.

Tras el rezo de los responsos o gorigoris se trasladaba al difunto, nuevamente en comitiva fúnebre, siguiendo el siguiente recorrido: Calle Maestro Soler hasta su confluencia con la calle Mayor. Una vez en ésta, se seguía a lo largo de la misma hasta llegar a la altura de la casa de la tía Pepa la sardinera, para recibir las muestras de afecto y de pésame de los amigos y convecinos varones que les habían acompañado en el trayecto. A la vez que se despedía el duelo, se desfilaba por delante del ataúd, rodeándolo. También debemos destacar a dos personas que siempre acompañaban a esta comitiva y mostraban el efusivo saludo de condolencia, fuese cual fuese la condición social o económica de la persona difunta. Éstas eran don Francisco Cañizares Casabán y don Segundo Caballero "el dels díaris”. Normalmente éste último era el primero que pasaba a despedir el duelo. A continuación pasaban los demás.

Tras la despedida del duelo se seguía a camino hasta el cementerio. Pero ahora solamente acompañado por los familiares y las amistades más íntimas. Los demás, se retiraban. Una vez en el cementerio se procedía a darle sepultura por parte de los enterradores.

Ésta era la manera en que se desarrollaba esta «Cultura de la muerte» en nuestro municipio hasta el año 1962, fecha en que se variaron algunos de estos actos. El incremento progresivo del tráfico rodado fue haciendo un tanto problemático el traslado de la comitiva fúnebre a lo largo de la calle Mayor -entonces denominada calle General Asensio-, que por aquel entonces era por donde pasaba la carretera de Valencia a Ademuz, y producía la paralización del tránsito de vehículos. Ésta circunstancia era comentario público entre los habitantes de Paterna. Y se decidió ponerle una solución. El Ayuntamiento acordó en sesión plenaria (3), tras discusión y por unanimidad, que a partir del 1 de Julio de 1962 la despedida del duelo se realizaría frente al edificio de la Iglesia Parroquial correspondiente. Concretamente los de la Parroquia de San Pedro Apóstol, tras la despedida del duelo seguirían el siguiente itinerario: Plaza Caudillo, San Pedro, San Vicente, general Yagüe, Eduardo Dato, general Orgaz, Vicente Lerma, general Asensio, Ángel del Alcázar, cementerio. Para el resto de las parroquias que en su día se creasen, se les señalaría el itinerario más conveniente y corto hasta el Cementerio municipal. La última persona a quien se le dio sepultura mediante la despedida del duelo en la calle Mayor fue don Francisco Ballester Liern, que falleció el día 30 de junio de 1962 y fue enterrada al día siguiente: y la primera persona a quien se le dio sepultura despidiéndose el duelo ya frente a la Iglesia Parroquial fue don Inocencio Pérez Roca, fallecido el 3 de julio de 1962 y enterrado al día siguiente.

Pero el problema del tráfico no se detiene ahí, ya que no debemos olvidar que Paterna en 1955 contaba con 12.242 habitantes. En 1960 con 16.314. En 1970 con 21.965. En apenas quince años casi se duplicó la población existente. Y ello, a la vez que se pasaba de una economía básicamente agrícola a una economía incipientemente industrial. A esto debemos añadir, además, el tránsito espectacular del carro al automóvil como medio común de transporte. Todo ello produjo un incremento del tráfico rodado no solamente en la calle Mayor, lugar por donde pasaba la carretera de Valencia a Ademuz, sino también por el interior del casco urbano. Se empezaban a producir los primeros problemas de tráfico, especialmente cuando transitaban las comitivas fúnebres desde casa del difunto hasta la Iglesia Parroquial.
Para evitar estos problemas de circulación, al final de los años 60, ya prácticamente en los albores de los 70, se autorizó por el Arzobispado la supresión de la comitiva fúnebre encabezada por Cruz alzada, desde la casa del difunto hasta la Iglesia Parroquial. Desde entonces las honras fúnebres, compuestas por el rezo del Rosario, la despedida del duelo y la misa exequial, se llevan a cabo íntegramente en la Iglesia Parroquial correspondiente, en la forma acostumbrada en que se realiza actualmente. Nuevamente, la modernidad le ha ganado la partida a la tradición.

Alejandro Llabata Lleonart - 1999

1.- A este respecto existía un refrán popular bastante mordaz que hacía alusión a esta circunstancia: "Cuanto más ricos, más animales".
2. La capa era el ornamento litúrgico externo que cubría al sacerdote. Ésta era de color negro, ribeteada en dorado.
3. Sesión ordinaria de 26 de junio de 1926.