jueves, 12 de febrero de 2015

RECUERDOS DE UNA FOTOGRAFÍA.


Hemos podido encontrar un escrito del libro de fiestas, que nos recuerda algo la función de Paternateca, y si encima lo firma D. Rafael Alfonso, a quien tanto respetamos, este que fuera fenomenal paternero, nos describe en este articulo, la memoria de nuestros mayores a traves de una imagen, excelente.


DE LA PATERNA DE AYER.

por Rafael Alfonso, 1969.








-¿Sabe usted que tengo en mi archivo unos clichés bastante antiguos de Paterna?

-¡Hombre, señor Adell! Todo lo de Paterna es interesante, así es que esas fotos también lo serán. Sáqueme una copia. ¿Recuerda el tema?

Sí que lo recuerdo. Si no me equivoco, uno de los clichés corresponde al Cristo de la Fe, y el otro a los clavarios de un año que no puedo precisar. Era yo muy joven y fui a Paterna con mi tío el fotógrafo, el que me enseñó a mí en la profesión.

Las copias que me entregó son dos fotografías magníficas, con mucho detalle, como todo lo que hace el señor Adell. Y a todo esto, aún no le he presentado al señor Adell.

Es un fotógrafo de arte -"Fotos Grollo”-. La Biblioteca de la Universidad, el Museo de Pintura y el de Prehistoria suelen ser sus campos de acción. Es un señor muy meticuloso, entregado totalmente a su arte, y una excelente persona que me honra con su amistad.

En una de las fotografías aparece la imagen del Santísimo Cristo de la Fe. Es una talla bellísima y muy antigua por el aspecto. Son de destacar en ella, por una parte, la minuciosidad del detalle, y, por otra, la serenidad y el equilibrio del conjunto. Un Cristo moreno y recio, que impresiona, que cala muy hondo.

Las andas procesionales son pequeñas pero de exquisita talla barroca, con cuatro angelitos en los ángulos, esos ángeles a que tan aficionados han sido y han sabido interpretaran bien nuestros artistas a partir del Renacimiento; y no falta, como es de suponer, la imagen orante del "pare Sant Vicent Ferrer”.

La otra fotografía es muy interesante también. Alrededor de la imagen anteriormente descrita posan catorce clavarios y un sacerdote, y como fondo el altar mayor. Son todos hombres de mediana edad, enfundados en severos trajes negros y luciendo, la mayor parte de ellos, la clásica corbata de lazo; algunos visten los típicos pantalones abotinados de la época, que ciñen aquellas botas que se abrochaban con una tira de botones al costado o llevaban unas gomas a ambos lados. Uno de ellos, el más alto, parece más entrado en años y luce la clásica blusa de los huertanos. El sacerdote, por el aspecto, es muy joven.




Sobre el retablo del altar mayor hay una especie de manto blanco con armiños, muy parecido a los que se ven en los tronos de los reyes. "Ernest del Molí”, en uno de sus magníficos artículos, ha descrito muy bien este manto: "El retable de l'Altar Major, pobret y lleget en aquells temps, precissaba vestirlo en roba de “florero” i, gracies al bón gust del robero, tenía eixe dia un aire majestuós, en riques téles que, apartant-se de baix, deixaven al descubert el fondo que en seda blanca i motes negres imitava el manto de la realeca y el conjunt estava orlat de puntes de arreplegó de blanca téla de seda”.

Aún hay sitio en la fotografía para una de aquellas monumentales lámparas de cristal tallado -aranyes- que se encendian..., bueno mejor será que lo diga don Ernesto: "Desde les cornises de l'església uns hómens s'encarregaven d 'anar-les encenent al temps que entrava la processó; pero les més grans, teníen un filet de cotó ó de lo que fora, que enllacava totes les canéles, i cuant entrava la imatge principal, el Santo Cristo de la Fe, els hómens que ja havien encés tot lo demés, ensenien el filet i este passava d'una á l'altra canéla i en un "santi-amén” quedaven les "grans aranyes enceses que era un encant”.

Este parece Fulano, aquel parece Zutano. Los rostros me eran familiares, pero no podía precisarlos. Fui consultando con personas de cierta edad y ocurrió lo que yo me temía.

Todos o casi todos ellos, habían pasado a mejor vida. Uno de ellos no, don José Rubio Brisa, conocido por el tio "Pepet de Brisa”, lleno aún de vida para gozo de sus familiares y amigos, que somos todos los del pueblo, era también clavario ese año, el único superviviente. Y, ¿para qué seguir yo? Es el tio Pepet el que, mirando atrás, nos ofrecerá sus recuerdos de aquella época:

Pues sí, ese año, como todos, éramos dieciséis clavarios. En la fotografía solamente aparecen catorce porque mi cuñado, José Benlloch Brisa, murió, a poco de ser nombrado clavario, víctima de la "cucaracha", y porque el tío Tomaset "el Valent”, muy poco antes de la fiesta, durante la recolección de las algarrobas, sufrió un accidente de carro del que, desgraciadamente, resultó con una pierna rota.

El tío Pepet de Brisa ya tiene 80 años (1969) y no recuerda bien el año en que hizo la fiesta. Yo deduzco, por el detalle de que uno de los clavarios murió víctima de la "cuca- racha”, que fueron nombrados clavarios en el año 1918 e hicieron la fiesta el año 1919. La epidemia llamada “cucaracha” se introdujo en España, a través de algún puerto mediterráneo, en el verano de 1918. Tal vez el foco de irradiación fue algún pais del lejano Oriente o alguno de los frentes orientales de la Primera Guerra Mundial, y pronto pasó de España a las naciones de la Europa occidental y central. En Francia la bautizaron con El nombre de "grippe espagnole”, aunque de "espagnole" no tenía nada; pero siempre ha sido asi, en esta vieja Europa, y en lo que no es Europa, se ha dudado poco en todas las épocas, para achacarnos todo lo malo y desagradable... En un principio la gente la llamaba, por su benignidad, el "soldado de Nápoles”, y, en nuestra región, con la viveza de ingenio y socarronería propia del valenciano, dieron en llamarla "la cucaracha”.

Si estas deducciones mías no son erróneas don José Rubio puede celebrar, en este año de gracia de 1969, sus "Bodas de Oro” como clavario del Santísimo Cristo de la Fe. Muchos comentarios en todos los órdenes podrían hacerse de este medio siglo transcurrido, que queda delimitado, en cuanto a progreso técnico se refiere, por dos hitos relevantes: los balbuceos de la aviación y la llegada del hombre a la luna. Pero dejémonos de filosofías y comentarios y sigamos escuchando:

-El primer clavario era "Pepet de Casoleta”, con domicilio en la calle Maestro Canós.

Por cierto que ese año ocurrió un hecho muy lamentable y que sintió mucho todo el pueblo. Era el día siguiente al del Cristo y todos los clavarios nos habíamos reunido en su casa con el ánimo de comer todos juntos después de resolver todos esos pequeños problemas que quedan pendientes después de la fiesta, como se hace ahora y se ha hecho siempre.

En el corral de la casa del primer clavario había una frondosa higuera cargada de fruto, y a ella se encaramó el ropero de la fiesta con ánimo de escoger unos higos para el almuerzo; pero tuvo tan mala fortuna que se desgajó la rama en que se apoyaba y perdió la vida.

No puedes imaginar la consternación y el profundo sentimiento que nos invadió a todos. Ha dejado de hablar y parece ensimismarse en sus recuerdos. Es tan profundo el poder de la evocación que recordar es como volver a vivir. Los recuerdos llegan a adquirir tales visos de actualidad que, en un momento dado, el hombre se siente trasplantado, con todas sus consecuencias, a otras épocas de su vida.

Ha cogido una de las fotografías, y continúa:

-Además del primer clavario, los que aparecen en la fotografía, si no me falla la memoria, son: Basilio Sancho, Pepet el del Azud, Batistet de Gori, Puig, Toni de Campana, Ramonet de Torrella, Potet, Pepet de Llabata, Coliu, Tonet de Torrella, Pelayo... El cura es don José Noguera, de feliz recordación. Las fiestas eran más modestas que ahora, pero no creas, lo pasábamos muy bien. La cofradía estaba muy bien organizada y los clavarios eran nombrados por medio de un riguroso sorteo.

Los fondos para la fiesta se nutrían con la cuota de los cofrades: un duro al año. Nada de loterías ni cosas por el estilo. Pienso que en una población de cinco o seis mil habitantes, aunque todos los cabezas de familia fuesen cofrades, poco podía dar de si ese duro anual.

Parece que haya adivinado mi pensamiento, y me ataja:

-Sí, sí. Había bastante. Entonces las cosas iban muy baratas. Y no creas, los actos resultaban muy lucidos. Era una fiesta sin pretensiones, como en familia, y lo más importante, que era ensalzar al Cristo de la Fe, se conseguía plenamente.

El tío Pepet no recuerda precios. Yo, hojeando la "Crónica de la Coronación de la Virgen de los Desamparados”, que fue en el año 1923, veo en el capítulo de gastos, y en el apartado correspondiente a "Fuegos y Música”, entre muchas otras partidas, las siguientes:

-                                                                        2.000 Truenos 100 Ptas.
-                                                                         Una traca de colores de 100 m. 50 Ptas.
-                                                                      Un castillo 300 Ptas.
-                                                                     Un concierto 125 Ptas.

-                                    Y, ¿para qué seguir rebuscando?

Yo creo que el tío Pepet de Brisa, aunque algunos de los hechos sacados a colación no fueron muy afortunados, y así es la vida de los hombres y de los pueblos, un continuo fluir de hechos de diversa índole que nos ponen a prueba en la felicidad y en el infortunio, ha pasado un rato muy agradable recordando tiempos pasados, los tiempos dorados del hombre cuando está comenzando a crear una familia. Yo, también, oyéndole, y vale la pena oir a nuestros mayores, me he sentido transportado a una Paterna recoleta y sencilla, germen de la actual población industriosa y pujante. Ha sido como un sedante para los nervios, tan maltratados por el trajín actual.

Al despedirme le doy un fuerte apretón de manos a este veterano clavario del Cristo, que a sus 80 años, insensiblemente, aún dirige todos los días sus pasos hacia esa huerta en la que cifró muchas ilusiones y venció con un rudo y continuado trabajo. Estos recuerdos tan sencillos y humanos del tío Pepet de Brisa, y los tuyos, lector, y los mios; nuestro presente, con todos sus problemas, anhelos y realidades; el porvenir abierto a la esperanza, que es de nuestros hijos; esta tierra que pisamos reciamente, que nos sustenta y nos cobijará; el pasado, el presente y el futuro, con todas sus consecuencias; la influencia cultural y artística que ejercimos en el pasado y nuestra misión futura –todas las agrupaciones humanas tienen una misión que cumplir en orden al engrandecimiento de la Patria-, son bienes inalienables. Todo lo que he dicho, y mucho más, constituye nuestro PUEBLO, así con mayúsculas, porque pueblo es una palabra muy hermosa.

A la hora de la colaboración todo lo que se quiera, lo que no podremos hacer nunca esceder esos bienes, negamos a nosotros mismos.

                                                                                        Rafael Alfonso - 1969